Muchos hoteleros sueñan con tener un hotel instagrameable. Lo escuchas constantemente: “queremos algo que la gente fotografíe, que se comparta, que se haga viral”. Y está bien, es un objetivo comercial totalmente legítimo. Pero el riesgo real es convertir el hotel en un simple decorado que funciona perfecto en foto… pero fatal en la vida real. El objetivo no debería ser llenar el espacio de neones con frases motivacionales y rincones forzados que nadie usa de verdad, sino crear lugares auténticos que den ganas de fotografiar precisamente porque se está bien en ellos.
Fotografía como consecuencia natural, no como objetivo forzado
Cuando el diseño se plantea única y exclusivamente para la foto, para el momento Instagram, aparecen elementos que estorban en el día a día: frases huecas pintadas en paredes que no aportan nada real, muebles incómodos pero “vistosos” que nadie quiere usar más de dos minutos, colores agresivos que quedan geniales en una story pero que cansan brutalmente en dos días de convivencia.
El huésped lo nota enseguida. Siente que está en un decorado, no en un lugar real. Y el equipo del hotel también lo sufre, porque muchas veces esos elementos “instagrameables” complican la limpieza, el mantenimiento o directamente estorban en la operativa.
Un hotel que se vive bien, donde la gente está cómoda de verdad, se fotografía solo. No necesita pedirlo, no necesita carteles de “haz aquí tu foto”. Simplemente pasa. Porque el espacio invita, porque la luz es bonita, porque hay algo auténtico que vale la pena capturar.
Rincones con historia real y buena luz natural
Los espacios más compartidos en redes sociales suelen tener dos cosas en común: una luz agradable, natural si es posible, y un pequeño relato detrás. Un banco de madera junto a una ventana con vistas al mar, una esquina con vegetación abundante y real, una pieza de mobiliario especial o vintage con la que apetece interactuar, un detalle arquitectónico que cuenta algo del lugar.
Diseñar microescenas creíbles, espacios donde pasan cosas reales y donde la gente quiere estar, es infinitamente más efectivo que forzar un “photo call” permanente en medio del lobby. Porque la gente huye de lo artificial. Busca autenticidad, busca momentos que parezcan suyos, no posados obligatorios que todo el mundo hace igual.
Materiales que envejecen con dignidad, no con pena
Un hotel que se vuelve feo o cutre a los pocos años de inaugurarse deja de ser instagrameable muy rápido. Las modas pasan, los colores estridentes se quedan viejos, los acabados baratos se deterioran y quedan mal en cualquier foto.
Apostar por materiales honestos, texturas naturales como madera, piedra, cerámica o lino, y paletas cromáticas serenas y atemporales hace que el espacio siga siendo fotogénico con el paso del tiempo. Incluso mejora, porque esos materiales ganan carácter al envejecer.
La extravagancia cansa rápido. La elegancia bien diseñada, pensada para durar, resiste años y sigue funcionando en fotos y en vida real.
Coherencia absoluta entre lo que se muestra y lo que se vive
Si el huésped llega al hotel atraído por una foto espectacular que ha visto en redes sociales y luego no reconoce ese ambiente en el día a día real, la decepción está servida. Y esa decepción se traduce en malas reseñas, en sensación de engaño, en clientes que no vuelven.
Lo que se comunica en redes y lo que se vive al llegar deben estar perfectamente alineados. Es muchísimo mejor enseñar menos, pero que sea real y representativo, que prometer un universo visual increíble que luego no aparece por ningún lado o solo existe en un rincón concreto que has montado para hacer trampa en las fotos.
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