Si cerramos los ojos y pensamos en un hotel típico de costa, muchos visualizamos exactamente lo mismo: recepción abarrotada con cola hasta la puerta, buffet ruidoso donde es imposible mantener una conversación, piscina saturada de tumbonas pegadas unas a otras sin un centímetro libre, y un bar que hace de todo —cafés, cócteles, bocadillos, helados— pero no destaca realmente en nada.
Ese “arquetipo” que todos tenemos en la cabeza no es casualidad ni mala suerte. Es el resultado directo de desajustes de diseño acumulados durante años, muchas veces sin que nadie se haya parado a cuestionarlos. “Siempre ha sido así” es la frase más peligrosa en hotelería.
Un acceso que debería impresionar
Muchos hoteles vacacionales tienen entradas pensadas únicamente para procesar maletas y gestionar check-ins rápidos, no para recibir personas que acaban de pagar cientos o miles de euros por estar ahí. Puertas automáticas frías, mostradores largos e impersonales, luz dura tipo oficina, mobiliario genérico de catálogo que podría estar en cualquier sitio.
El primer contacto físico con el espacio comunica, sin querer, “fábrica de vacaciones en cadena”, no “lugar especial al que quieres volver”. Y ese mensaje, aunque inconsciente, condiciona toda la estancia. Porque si lo primero que sientes es prisa e impersonalidad, difícilmente vas a relajarte después.
Un acceso bien diseñado debería hacer dos cosas a la vez: ordenar flujos de forma eficiente (que no se formen colas absurdas, que el equipaje no estorbe) y, al mismo tiempo, generar una primera impresión cálida, reconocible y totalmente coherente con la promesa emocional del hotel. No es tan difícil. Pero requiere pensar el espacio como experiencia, no solo como logística.
Saturación visual y ruido espacial constante
En la planta baja de muchos hoteles de playa suele convivir absolutamente todo en el mismo espacio abierto: recepción, bar principal, zona de espera para excursiones, rincón de animación infantil, paso obligado hacia el restaurante, acceso a ascensores… Resultado predecible: ruido constante, cruces caóticos de gente en todas direcciones, muebles de relleno que nadie sabe muy bien por qué están ahí, y una mezcla de estilos decorativos que se han ido sumando por capas durante años sin criterio unificado.
El huésped lo percibe como “agobio”, “falta de orden”, “sensación de hotel viejo o descuidado”. No siempre sabe explicarlo con palabras, no va a decir “hay un problema de zonificación funcional”, pero lo sufre. Lo nota en el cuerpo. Y eso se refleja en las reseñas de forma indirecta: “todo muy abarrotado”, “mucho ruido en zonas comunes”, “no encontré un sitio tranquilo para sentarme”.
Buffet pensado para servir comida, no para crear experiencia
En muchísimos casos, el restaurante buffet es básicamente un gran comedor con una línea principal de bandejas y pocas zonas diferenciadas. Se prioriza la cantidad de comensales que caben y la rapidez del servicio, frente a la puesta en escena o el confort del momento.
Esa decisión de diseño —que muchas veces viene de hace décadas y nunca se ha revisado— tiene consecuencias diarias: colas interminables en horas punta, platos que llegan fríos a la mesa porque hay que caminar demasiado, sensación de masificación aunque el hotel no esté lleno, y cero deseo de alargar el momento. La gente come rápido y se va, porque el espacio no invita a quedarse.
Con cambios relativamente pequeños en circulación, iluminación, zonificación y presentación visual de la comida, el mismo espacio físico podría funcionar como un auténtico motor de satisfacción y no como el problema diario que revisan todas las mañanas en el equipo de dirección.
Piscina sin relato ni personalidad
La piscina exterior suele ser el gran reclamo comercial en las fotos de la web, pero muchas veces se diseña únicamente desde la lógica fría de la ocupación máxima: meter el mayor número posible de tumbonas en el mínimo espacio disponible. Resultado: faltan zonas de sombra natural (no cuatro sombrillas de plástico, sombra de verdad), faltan rincones tranquilos para quien quiere leer o desconectar, faltan espacios claramente diferenciados para familias con niños pequeños y para adultos que prefieren no estar rodeados de gritos.
Es paradójico: la piscina es el lugar donde más tiempo pasan los huéspedes, donde más disfrutan cuando todo funciona bien… y al mismo tiempo es donde más se evidencian todos los desajustes de diseño que nadie se atrevió a tocar cuando había que hacerlo.
Del diagnóstico honesto a la oportunidad real
Radiografiar estos desajustes, señalarlos sin tapujos, no es un ejercicio gratuito de crítica ni un ataque a nadie. Es el primer paso imprescindible para transformarlos en ventaja competitiva real. Porque cada punto débil que identificas es una oportunidad concreta de reposicionamiento si se aborda con estrategia clara, números realistas y criterio profesional.
Los hoteles que han dado el salto en los últimos años no son los que tenían más presupuesto. Son los que tuvieron la valentía de reconocer qué no funcionaba y la inteligencia de solucionarlo de forma coherente.
Si alguien analizara tu hotel como un “típico de costa”, ¿en qué lista preferirías estar: en la de problemas recurrentes que todos conocemos… o en la de ejemplos concretos de cómo se han resuelto bien?
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